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A poco de cumplirse once años de la muerte de Robert Enke, Nicolás Samper analiza un libro.

Nicolás Samper, columnista invitado.

Foto: Archivo Particular

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29 de septiembre 2020 , 01:17 p. m.

La frase que lanza Jacques Gassmann, un artista que se hizo amigo de la familia Enke el día que el portero y su mujer le compraron su casa, dejándolo vivir tres meses más allí mientras conseguía un nuevo lugar de vivienda, es devastadora. Decía el extraño Gassmann una verdad tan grande como una catedral: “La felicidad es saber hasta dónde puedes aguantar la presión”.

Se van a cumplir en noviembre once años de aquella tarde-noche en la que Robert Enke, portero del Hannover 96 decidió lanzarse a las vías del tren para acabar con ese suplicio en el que se le convirtió la depresión en su vida. Porque, y lo que explica el libro, es que el que suicida no quiere acabar con su vida necesariamente: sí busca, en cambio, terminar con el desasosiego, esa desesperanza instalada en medio del alma y que no se puede desprender con nada.

Y “Una vida demasiado corta”, publicado hace diez años y escrito por Ronald Reng, periodista que se hizo amigo de Enke, vale mucho la pena. Pero muchísimo. Porque no es un viaje a través de los lugares comunes que implican todos los dramas que el arquero debió atravesar en la vida. Es más que eso porque, además de estar muy bien escrito, es todo un viaje por una enfermedad de la que poco se sabe, pero de la que se habla hasta por los codos y de la que se pontifica en medio del desconocimiento absoluto. Porque no solamente se registran esos instantes de la vida del malogrado arquero, sino que, además, a medida que la lectura va avanzando, también aparecen las heridas colaterales que conlleva una situación de semejante gravedad y que tienen que ver con los problemas que se van desarrollando en cada una de las personas que rodean a la persona que, por cosas de la vida, tiene que cargar la pesada mochila de la enfermedad. Ahí se generan otras historias, las de cada individuo que tuvo contacto con Enke, desde su círculo familiar más estrecho, hasta aquellos compañeros que, de acuerdo a cada circunstancia, estuvieron firmes frente al cañón -como Marco Villa, su amigo en la infancia- y otros que, en medio del desconocimiento, aportaron para que se profundicen ciertas situaciones que remitieron a Enke a un conflicto indisoluble (es imposible, después de leer el libro, sentir alguna simpatía por Frank De Boer, por ejemplo, más allá de la depresión de Enke o no).

Lo más paradójico de todo es que muchos de quienes estaban al lado de Enke -compañeros de fútbol en especial- experimentaron sensaciones tan dolorosas como las que pasó Enke, pero pocos pudieron hablar del asunto con él porque, claro, en el fútbol solamente se permite ser poderoso e invencible y porque todavía, a estas alturas del partido, charlar sobre la salud mental sigue siendo un estigma para quien toma esa valiente vocería.

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