Envueltos entre una bolsa ziploc. Ajenos a cualquier apasionamiento y desvestidos de las hazañas que pudiera protagonizar un club, así es el mundo ideal del fanático que cree que el periodista que cubre fútbol no debe tener ningún color en su corazón para informar con “objetividad” y que insulta o que cuestiona la veracidad de las palabras de aquel que ose contar cuál es su filiación, como si un pecado mortal cayera sobre sus hombros.
Ese mundo extraño también fue capturado por muchos periodistas que, sintiéndose culpables porque tienen sentimientos y porque en algún momento también estuvieron en una tribuna gritando goles y no informando sobre ellos, decidieron en movimiento respetable, callar sus propios amores. Por protegerse, de pronto, de la catarata de extraños que cuestionan sus verdades por el siemple hecho de haber sentido amor por un club. En otras partes del mundo algunos optaron por contar una historia de fábula y se alinearon en amores “menores”, comentando que son fanáticos de un club chico que jamás pelearía un campeonato para no sentir que su opinión estuviera comprometida con una causa.
Todos los periodistas fuimos -y somos- hinchas. El fútbol no fue en nuestras vidas un suceso que llegó atado a una materia para pasar un semestre universitario. No: fue sentarse en los escalones de la tribuna para llorar, para empaparse y comprar un impermeable que nos dejaba aún más mojados, fue hacer fila y quedar en un pésimo lugar dentro del estadio sin que eso nos importara porque la cita era con un amor que resiste las peores incomodidades; fue también hacerse amigo de alguien al que nunca más volvimos a ver y abrazarnos con él cuando llegó el gol de una sufrida victoria en el minuto 90 y fue -es- llegar a la oficina triste un lunes porque a nuestro equipo le dieron un repaso fenomenal en la cancha.
Pero eso no riñe con una de las grandes premisas del periodismo que es contar la verdad de las cosas. La verdad desenmascara al que es fanático enceguecido, más si es periodista: yo, que soy hincha de Millonarios, jamás podría escribir que Omar Pérez es un tronco. O que Yerry Mina es un paquete. O que Gottardi fue un delantero de media petaca. ¡Eso sería decir mentiras y fuera de eso, darme un barniz de imbecilidad!
Diego Borinsky -uno de los mejores periodistas de Argentina- me hizo escribir esta columna porque hoy posteó en twitter algo tan cierto como incomprensible para algunos: “Los periodistas no nacemos de un repollo. El 95% somos hinchas de un club. Si eso te invalida para hacer una nota, no habría notas”.
Nada más cierto que eso que escribió Borinsky.
Por Nicolás Samper C
Nicolás Samper, columnista invitado.
Foto: Archivo Particular